No tengo una prosa sedosa,
mis palabras no son suaves, no acarician hasta hacer estremecer.
No la siento partitura transformada en tus manos melodía.
Importa lo dicho
no es bella en el fondo.
No es poesía.
Escribir me es laborioso. No hay romanticismo en mis textos.
No son más que los deshechos resultantes de ordenarlo todo para vivir inspirado.
En este lugar. En este momento. Durante una vida.
Son textos inútiles tras su punto final.
Y sin embargo los conservo.
Tal vez quiera ser el viejo de ojos alegres enmarcados en arrugas, que contempla con orgullo los recuerdos de su baúl.
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miércoles, 30 de noviembre de 2011
jueves, 24 de noviembre de 2011
Del lector que se puso a escribir
Presente, pasado y futuro.
Todo se conjuga en un escrito.
En este lugar. En este momento. Arrastrado por las vivencias o movido por los sueños.
Escribir es transformarse, manejando uno sus hilos. Comprendiendo quién se es y aspirando ser quien comienza a definirse en sus textos. Palabras elegidas unas veces, inconscientes otras, bellas, feas, en idiomas variados, pero que siempre consiguen rellenar el espacio en blanco, reducir el vacío, acortar la distancia que separa realidad e imaginación.
Escribir es transformarse, manejando uno sus hilos. Comprendiendo quién se es y aspirando ser quien comienza a definirse en sus textos. Palabras elegidas unas veces, inconscientes otras, bellas, feas, en idiomas variados, pero que siempre consiguen rellenar el espacio en blanco, reducir el vacío, acortar la distancia que separa realidad e imaginación.
No es necesario dominar el lenguaje, ni en sus normas ni en su belleza.
No importa qué se escriba ni qué lo motiva.
No importa qué se escriba ni qué lo motiva.
Da igual quién te lea. Ni siquiera que te lean.
Si la satisfacción es el poso que permanece al entregarse en un texto,
ese es un buen escrito.
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