viernes, 28 de octubre de 2011

Necesitábamos...

... entendernos, sin palabras que confundan.
    Reivindicarnos como hombre y mujer.
    Hacer de nuevo el amor a carcajadas.
    Reencontrarse.

Gracias. Mil gracias. Infinitas gracias, eternas y sinceras.
Gracias por traerme de vuelta de Perdedor por el camino sinuoso de tu delicioso sexo.
Gracias.

     (Los pantalones me aprietan al recordarlo).

domingo, 23 de octubre de 2011

Las curvas de la felicidad

Unos días a tu lado

Cómo expresar lo que significa tenerte, si ya no hay anhelos ni vacíos que me hagan escribir.
Si sólo siento amor.
Si desde que estás conmigo, confundo sueños con recuerdos.

Sin necesidades, vivo por el puro placer de vivir.

jueves, 20 de octubre de 2011

Perdedor

Saboreo la derrota en vaso ancho. 
Su tacto fuerte y seco se confunde con el de mi whisky de doce años.

Es un trago solitario. He estado aquí más veces, pero nadie saluda al entrar. Aquí sólo hay viejos que llegaron hace tiempo y aún no han encontrado la salida. Viejos que cuentan una y otra vez sus historias tristes, sin darse cuenta de que todas son la misma. Viejos como Billy Joel, cuya historia suena mejor en los labios de una mujer.

Bebo, escucho y respiro la atmósfera cargada. Percibo el aroma de este mundo cansado, agotándose entre perseguir lo que no tiene y conservar lo que tuvo.

La derrota me trajo aquí y aquí me siento bien. Mi alma de perdedor es libre sin sus miedos. Se eleva y me hace por instantes invencible, sin nada ya que perder.

Disfruto el momento. 
Pido otra copa.
Escucho otra historia. La misma de siempre.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La mano torcida

Un relato bien distinto me disponía a contar, pero me ha sido imposible.
Lo tenía todo preparado: contaba con varias hojas en blanco y una inspiración que fluía como agua nueva, pero al coger el bolígrafo para dar forma a las ideas, mi mano se torció.
Tenía más pinta de pezuña que de mano; casi más siniestra que la zurda. De pronto, de manera totalmente automática, comenzó a ocupar mi blanco folio con celo, llenándolo de reivindicaciones que se me antojaron casi sindicalistas, demasiado, diría yo para una mano de derechas.
En ellas expresaba un enorme malestar. Asumía sin gustarle, su papel de segundona, de no ser más que la gregaria de mi magnífico cerebro, auténtico ideólogo de mis creaciones. No obstante, nunca se había sentido ninguneada como hasta ahora, cuando he comenzado a escribir en este blog.
Según exponía mi diestra, a ella le bastó siempre con expresarse en cada trazo ejecutado en el papel, pero la tiranía del teclado que le he impuesto, le ha silenciado para siempre.
Yo no pensaba que ello fuese a importarle. Es cierto que llevamos toda la vida trabajando juntos, pero aún lo seguimos haciendo en la intimidad. Puedo entender lo que escribe, pero ella a de entender que esos trazos que  llama letras no son más que garabatos irregulares, feos y pequeños. Letras que muestran inseguridad y timidez. Como las de un niño acomplejado aprendiendo a escribir.
Sin embargo, las letras de mi teclado son tan preciosas... tan homogéneas y sin baches. Tan perfectas... ¡si hasta las puedo cambiar de tamaño y de color a mi antojo!
En fín, que no sé si más por miedo que respeto, me he sentido obligado a cederle este espacio.
Espero que dé su brazo a torcer tras mi gesto, que asuma los nuevos tiempos y las mejoras que el progreso trae con ellos, y que no se me tuerza de nuevo.

(Para los que escriben con el cerebro, el corazón y las entrañas)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

29

son las primaveras que acumulas. ¡Felicidades!.
Ya sabes de lo mucho que te quiero y de lo bien que me haces sentir. Pero no me apetece hablarte de eso ahora, no es el día ni el momento.

Sin embargo, que compartamos nuestras vidas desde hace tanto me ha dado la oportunidad de ser un espectador privilegiado de todos tus éxitos, que con 29 años son ya unos cuantos. Todos los que te has propuesto. Todos menos uno.

De aquella niña mona de 13 años que tenía a todos los tíos del barrio detrás, ha llovido mucho. Nunca congeniamos: tú eras sólo una Barbie ñoña para mí, y yo el típico pasota, tan sólo preocupado por hacer la gracia, para ti.
Sin embargo, aquí estamos.

Tenías que haber sido peluquera, pues no servías para estudiar, te habían dicho en casa.
Sólo por orgullo, te hiciste oficial administrativo entre notables y sobresalientes.

Te colocaste rápido en una tienda, pero nadie te entendía cuando decías que no lo disfrutabas. ¡Cómo podías quejarte!. Trabajar nunca gusta y tú al menos tenías un trabajo en el que no pasabas calor en verano ni frío en invierno.  

No has tenido nunca miedo al cambio ni a equivocarte y, allá donde has estado, has ido dejando una huella imborrable.

En realidad no has tenido nunca miedo a nada. Con 21 añitos, decidimos irnos a vivir juntos y a la playa, e incluso me compraste una casa (pues yo era un pobre estudiante que sólo aportaba pasta con los trabajos de los veranos y navidades).

Esa quizás es nuestra espinita. Me llamaron del colegio y, mientras se hacían realidad mis sueños, los nuestros se truncaron. Te lo debo.

Fueron años duros también en casa, que nos empujaron a irnos de alquiler casi con lo puesto a aquella casa inclinada, con riesgo de derrumbe.

Sin embargo, ahí estabas de nuevo. Arremangada, te metiste a un instituto (volviendo loco a más de un adolescente) y saliste siendo auxiliar de enfermería.
Ya no era cabezonería sino lo que siempre habías deseado.

Encontraste trabajo de lo tuyo, te compraste la casa de tus sueños, estuve a tu lado en tu boda... y tan sólo 29 años.

Ahora vas a ser madre. Ya no tienes trabajo pero en tu cara no ha cambiado la expresión de felicidad. Mucho has logrado, pero tú vives inmersa en tus sueños, arremangada, mirando siempre hacia adelante sin mostrar temor. Sin pedir epidural.

¡Felicidades!, y por tu cumpleaños también.
                                                                                                          Te quiero.